LA PIEDRA DE AVALAR
Algunas veces hemos hablado, aunque haya sido de pasada y sin profundizar, sobre lo que las gentes vienen llamando desde tiempo inmemorial “Pedra de Avalar”, o piedra de avalar, que consiste en una mole pétrea, de apariencia plana, que en determinadas circunstancias y al decir de esas gentes oscila y produce un determinado sonido, para avalar con esa oscilación y ese sonido algo, como podría ser la inocencia de una persona, o la rectitud de su comportamiento, e incluso “pronunciar” una sentencia ante quienes acuden a su consulta.
Existen infinidad de leyendas que se encuentran a lo largo y ancho de nuestra geografía hispana, y en esta ocasión quiero abordar una de éllas, en la que se ven envueltos los Hermanos Hospitalarios de Burgos, freires de acendrada religiosidad y alma caritativa, que se inscriben dentro de las órdenes caballerescas de las muchas que existieron en esa época dura y fría que llamamos la Edad Media.
Los Hermanos Hospitalarios de Burgos, al igual que otras órdenes hospitalarias, tenían como misión el hospedaje y sanación de enfermos, y en el caso concreto de esta Orden, también la protección militar con patrullas de soldados a los peregrinos que se desplazaban por motivos religiosos a través de zonas despobladas y a veces agrestes, como lo era el Camino de Santiago, hasta su verdadero límite, Finisterre.
Tenían sus centros o bases en Burgos, (con implantación e influencia en una amplia zona) y en Corcubión, en La Coruña, cerca de Finisterre.
En ambos lugares disponían de un hospital, para atender a los enfermos, una cocina para alimentar a los hambrientos y un dispensario para curas de heridos.
Establecer una base en Corcubión lo justifica el hecho de ser Finisterre el límite del auténtico Camino, que no tiene nada que ver con Santiago, sino con tradiciones anteriores, paganas, cristianizadas después por la Iglesia.
Este camino acaba en la “Costa da Morte”, (Costa de la Muerte), a cuyo nombre se le atribuyen diferentes orígenes. Se cuenta, por ejemplo, que se llama así porque en tiempos remotos los habitantes de esa zona, acuciados por el hambre, recurrían a estratagemas para procurarse el alimento. Se dice que por la noche colgaban unos faroles entre los cuernos de los bueyes, a los que hacían moverse en las cercanías de los acantilados.
Los marinos de los barcos, creyendo que seguían aguas a otros navíos, se estrellaban contra las piedras de esos acantilados, donde eran presa del saqueo y donde encontraban la muerte.
Otros dicen que dicho nombre proviene de “Dubka mere”, (región de la Muerte), pues los griegos, en su mitología, situaban aquí el país o región de los muertos.
Cuando las legiones romanas llegaron hasta aaquí, al mando del procónsul Décimo Junio Bruto, (el cual quedó aterrorizado ante el magno espectáculo que se ofrecía a sus ojos: el abismo y abajo el océano inmenso que se perdía en el horizonte, donde el sol moría majestuosamente cada día), llamaron a este lugar FINIS TERRAE, o el Fin de la Tierra, lugar donde todo muere.
Sí. Todo muere. Pero renace a la vida, de manera renovada, según las creencias antiguas o paganas, que tenían aquí una fortísima implantación. Lugar del “ARA SOLIS”, o templo del Sol, donde se le rendía culto, y donde se ubican varias piedras reconocidas como altares en ocasiones o que tenían una especial significación mística. Zona salvaje de extraordinaria belleza.
Las piedras eran objeto de culto no por ser piedras, sino por su forma, o por el lugar que ocupaban y sus características especiales, como la Piedra de Avalar, que es la protagonista del presente relato.
Bien, pues a esta Orden le fue asignada esta zona como objetivo de su asistencia, vigilancia y custodia, aunque desde un punto de vista evidentemente cristiano.
La Orden de los Hermanos Hospitalarios de Burgos, creada por el Rey Alfonso VIII en 1212, duró varios siglos, desapareciendo y perdiéndose posteriormente en el recuerdo para siempre.
En esos lejanos tiempos medievales ocurrió un curioso suceso, del cual no puedo dar fé como verdadero, aunque así se afirma por muchos y que nos presentan como algo verdaderamente ejemplarizante, donde se ve de forma clara la mano de Dios.
Cuentan que estos freires burgaleses habían celebrado un Capítulo General, con objeto de elegir a su Maestre Provincial, cuyo cargo tenía gran importancia ante el Rey y la Iglesia, por lo que era codiciado por muchos.
Un Capítulo General era (y es), una reunión o asamblea de todos los caballeros y superiores de una Orden, y que afectaba a toda la Iglesia y no sólo a los miembros de esa Orden. Aunque se celebrase en la intimidad no era un acto privado, sino de carácter público, teológicamente hablando.
Recayó a la sazón dicha elección sobre un freire llamado Lázaro Oscha, hombre de una bondad y honorabilidad reconocidas por todos.
Sin embargo en esta lid quedó como perdedor frey Domingo de Benavente, quien no aceptó el resultado de este Capítulo de buen grado.
Todo lo que de bueno, noble y honrado tenía el elegido Oscha, lo tenía Domingo de Benavente de bellaco y ruín.
No contento, como decimos, con semejante elección, resolvió hacer valer sus influencias sobre el Rey, pues el monarca hallábase en deuda con el bellaco debido a las numerosas ocasiones en que éste había batallado en su defensa.
Dio pues instrucciones a su escudero, quien partió raudo a dar cuenta al Rey de las irregularidades que frey Domingo afirmaba que habían formado parte de la elección del Provincial.
El Rey, haciendo caso a tales maledicencias podía anular, y así anuló, los resultados del Capítulo General, convocando otro para nueva elección. En este caso, un primo del monarca fue comisionado de manera especial como Juez y Presidente de ese nuevo Capítulo a celebrar.
El miserable y bellaco frey Domingo de Benavente tomó gran alborozo y se las prometía muy felices ante la real decisión, que favorecería sus intereses, así que en cuanto cayeron en sus manos los pliegos de tal convocatoria y anulación de la anterior, acudió presto a Santiago de Compostela, aprovechando la ausencia del Provincial que se hallaba visitando los conventos del sur.
Era allí, en la capital compostelana, donde se hallaba el Arzobispo que tenía sobre la Orden la máxima autoridad y poder de decisión.
Frey Domingo, nada más llegar a Santiago de Compostela, se presentó ante el prelado, a quien mostró las disposiciones reales, exigiendo al mismo tiempo que se le reconociese a él como Provincial de la Orden, y que fuese Oscha destituído de inmediato.
No entró al juego el Arzobispo, que quiso consultar antes el espinoso asunto con los componentes de la Audiencia Real y del Justicia Mayor o Adelantado del Reino.
El dictado y consejo unánime de todos fue que no entregase el cargo ni accediese a ninguna de las demandas de frey Domingo, y quedase a la espera de que todo el asunto se aclarase.
Mientras todo ésto sucedía, frey Lázaro de Oscha fue advertido de los sucios manejos de su rival y ante el anuncio de las nuevas elecciones emplazó a todos los caballeros y superiores de todos los conventos para que se dirigiesen a Santiago de Compostela para asistir al citado Capítulo General.
Sucedió pues que llegó el día y el momento de la celebración de la dicha Asamblea, que se iba a realizar en Corcubión, en la sede y base que allí tenían los hermanos Hospitalarios de Burgos. Estaban expectantes y todos guardaron un sepulcral silencio cuando entraron frey Lázaro de Oscha y frey Domingo de Benavente, ambos rivales que iban a ser sometidos a la votación de los presentes.
Después de realizar unas preces de rigor, frey Lázaro sorprendió a los asistentes con una propuesta inesperada e insólita. Lázaro, previendo que las influencias tenidas por Domingo podrían inclinar la balanza a favor de su rival, prefirió recurrir a una estratagema cuyo resultado, pensaba él, no iba a favorecer a ninguno de los dos, sino a un tercero, lo cual era preferible a arriesgarse a que el cargo cayera en las manos de semejante miserable.
Y propuso que fuese Dios mismo quien designara al Maestre Provincial de los Hermanos Hospitalarios de Burgos. Y lo haría a través de la “Pedra de Avalar”. Lázaro pensaba que lo que se decía de tal piedra no era real, por lo que pensaba que al no funcionar, no serían elegidos ninguno de los dos.
Así pues, los freires aceptaron tal propuesta: aquel de los candidatos que consiguiese que la piedra se moviese o produjese su caraterístico sonido, sería el elegido.
Hacia Muxía se dirigieron los Hermanos Hospitalarios y una vez ante la piedra, la prueba comenzó.
Tocó en suerte a Domingo el ser el primero en subirse, pero no fue capaz de conseguirlo. Lo había hecho en anteriores ocasiones sin problema alguno, pero curiosamente en esta ocasión algo como una extraña fuerza le impedía lograrlo.
Lo intentó una, dos, tres y más veces, pero no hubo manera.
Desalentado e irritado sobremanera, tuvo que dar su brazo a torcer.
Tocó la vez ahora a frey Lázaro, y la cosa mostróse de diferente manera: el hermano se encaramó con pasmosa celeridad y facilidad, cual si los brazos de un invisible ángel le hubieran aupado hasta la parte superior y lisa de la “Pedra de Avalar”.
Esta piedra comenzó a oscilar de improviso, y con una velocidad inusitada, como jamás lo había hecho. Al tiempo oyóse una voz que parecía salir del interior de esa piedra y que decía una y otra vez:
“Sólo me mueve la fe, el amor y la honestidad”.
Todos los presentes quedaron estupefactos y llenos de temor de Dios, arrodillándose y poniéndose a rezar, dando gracias y alabanzas a Dios.
Así quedó confirmado frey Lázaro Oscha como Maestre Provincial de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de Burgos, sin discusión alguna y por expresa voluntad de Dios.
Esa zona de Muxía fue, en tiempos remotos, zona de culto solar, o culto pagano, donde las piedras tuvieron un protagonismo especial.
Durante mucho tiempo la Iglesia Cristiana intentó, por todos los medios, destruir y borrar para siempre todo vestigio de esa religión ancestral.
No lo consiguió, por lo que tuvieron que recurrir a la estratagema utilizada en muchos otros lugares, es decir, cristianizaron lo que no pudieron destruir.
Para éllo se inventaron una supuesta estancia del Apóstol Santiago en esa área, a quien presentan como una persona abatida y desesperanzada ante los pocos logros obtenidos en la cristianización de unos pueblos paganos aferrados a sus creencias.
Ante esa desesperación, aparece la Virgen María en una barca de piedra, (A Virxen da Barca), quien le dice que su misión no ha sido un fracaso como él cree, y que ya ha finalizado, debiendo regresar, por tanto, a Jerusalén.
La barca de piedra queda en esa costa dividida en varias partes, como la vela, (Pedra dos Cadrís), la Pedra de Timón, y la Pedra de Avalar. De esa forma se roba al Paganismo esas piedras, apropiándose de ellas, convirtiéndolas de aras o altares solares, o piedras de sacrificios, en restos de una supuesta barca de la Virgen cristiana.
La Pedra dos Cadrís tiene forma de riñón o hueso ilíaco, y la gente le atribuye, por esa forma, propiedades curativas para afecciones de riñón, o de reuma. Los enfermos deben “pasar por la piedra”, (frase que se ha hecho popular), unas 9 veces.
La Piedra del Timón, efectivamente, tiene una forma que recuerda al timón de un barco, y se dice que era la sección de la barca de la Virgen donde se hallaba el timón.
Existe una piedra, sin significación religiosa o esotérica alguna, llamada la Piedra o Urna de los Enamorados, (Pedra o Furna dos Namorados), donde los enamorados van a jurarse amor eterno. Es una tontería como otra cualquiera, sin importancia alguna.
Recordemos que cuando el Apóstol Santiago fue ajusticiado en Jerusalén, fue trasladado a Galicia en una barca, también de piedra, lo que muestra, una vez más, los esfuerzos desesperados y la obsesión de la Iglesia de luchar, cristianizando, contra la religión o Tradición Solar, también llamado Paganismo, sin conseguirlo totalmente, dicho sea de paso.
Se apropió, pues, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, de una tradición que no le pertenecía, de un Camino Sagrado que nada tiene que ver con esta Iglesia, sino con creencias que se pierden en la noche de los tiempos, y con todo cuanto tuviese que ver con lo que éllos engloban con el nombre de Paganismo de cuyas fiestas, tradiciones, creencias y emplazamientos se adueñaron y manipularon.
Para frenar la expansión del paganismo se creó el Monasterio de Moraime, a unos cuatro kilómetros de Muxía, en el año de 1095, emplazado sobre un templo romano. Y muy cerca el Santuario de A Virxen da Barca, al que se llega por el Camiño da Pel, (Camino de la Piel), llamado así por una fuente donde se lavaban los peregrinos antes de entrar en el santuario, por respeto y para su purificación, donde se conserva una imagen de la Virgen que dicen que llegó en la Barca de piedra.
Toda la zona es una extensa área de monumentos megalíticos, muchos de los cuales fueron destruídos con la aquiescencia y colaboración eclesiástica.
Un ejemplo de esta cristianización lo encontramos en Corme, Ponteceso, en donde a una piedra con forma de serpiente alada se le colocó encima una cruz, convirtiéndola en cruceiro, o crucero.
Existen aún, como digo y pese a todo, muchos monumentos pertenecientes a esa religión de las piedras, como la Cama do Santo, para arreglar problemas de fertilidad a los matrimonios que realizasen el acto sexual sobre élla, sin olvidar A Pedra do Cú, que cura las hemorroides a quien aplique sus posaderas a su parte más picuda.
Cuando hablo de cultos líticos, no hablo de fantasías, sino de algo que funciona de verdad, que cualquiera puede comprobar cuando visita esos lugares. Existe allí una extraña energía mágica, misteriosa, real, que penetra en nuestros cuerpos y puede llegar a provocar una alteración de la consciencia. Los antiguos conocían esa energía telúrica y la buscaban.
Es la energía de las piedras, la magia de la Tierra, de nuestra Madre, a quien, pese a los esfuerzos de la Iglesia, todavía muchos rinden culto hoy día.
Yo noté esa magia, esa energía, cuando visité esa zona y puse mi mano sobre esas piedras sagradas. Fue como poner la mano sobre un ser vivo.